Oh dulcemusa, ¡queremos ser como tú!

Ahora que Instagram ha dejado de mostrar los likes de las publicaciones, no cabe la menor duda de que el mundo influencer va a tener que cambiar de estrategia. Con los likes ocultos deberán valerse de otras métricas o formas de hacerle saber a las marcas que son dignos (en términos de poder de influencia con aquello que promocionan) de que les manden sus productos. Aunque no hemos venido a hablar del fin de los likes, está muy relacionado con lo que sí vamos a tratar hoy: el síndrome Dulceida.

¿Qué es el síndrome Dulceida?

Podríamos decir que el síndrome Dulceida es algo así como querer ser influencer máxima al precio mínimo y, en muchos casos, enorgullecerse de la falta de según qué cosas. En el caso de la mayor, o una de las mayores, influencer patria estaríamos hablando de los estudios. No es la primera vez que la it girl reconocer orgullosa no haber terminado los estudios básicos. Lo que, además de catetada (el enorgullecerse, no el no haber finalizado) es un peligro teniendo en cuenta cuál es su público principal. Aunque muchas de mis amigas sean sus fanes, sigan sus andanzas en redes sociales e incluso compren alguno de los productos que ha lanzado junto a Primark o Mac, lo cierto es que ellas no se encuentran entre su target.

Recuerdo hace unos años cuando Dulceida realizó una colección de ropa interior para Tezenis. Una campaña que se complementó con una especie de gira por las tiendas de la marca en diferentes ciudades. Cuando visitó Bilbao no cabía ni una adolescente más a lo largo y ancho de la Gran Vía. Y ese sí es el público al que se dirige. Adolescentes que se ven en la tesitura de tener que decidir qué quieren hacer con su vida y a las que su musa máxima les dice que no es necesario estudiar para conseguir aquello que uno quiere. Una gran mentira a medias. Aunque es en sí misma una mentira completa que se desmonta fácilmente con un ‘el saber no ocupa lugar‘. El a medias viene porque querer mucho una cosa tampoco hace magia. Además de querer hay que trabajar y, antes que eso, estudiar igual de duramente.

#draminfluencer

Pensar que grabar vídeos o subir fotos a Instagram puede darte de comer es más que una utopía. Lo realista es tener unos estudios que te permitan labrarte un futuro laboral y si surge y te flipa ser influencer, probar suerte pero sin perder el norte. Es decir, el mensaje contrario al que proyecta Dulceida a su troupe.

Ser influencer no es tán fácil como parece, o eso me imagino. De ahí que la it girl que nos ocupa haya pedido en alguna ocasión que si la ven por la calle, no la molesten. Entiendo que no tener privacidad es un putadón pero es precisamente esto lo que les da de comer. A mí nadie me para por la calle ni me siguen millones de personas en mis redes sociales, pero es que esos millones de seguidores no me dan de comer. Tampoco comprarán nada que yo haya hecho, o si lo hacen desde luego no será porque mi nombre les suene, será por el trabajo o por cualquier otro motivo; pero la fama de la influencia desde luego que no.

Dulceida la salvadora

Más allá de los gajes del oficio y de que te persigan las fanas por las calles, a Dulceida parece que le va la marcha. Y sí, nos referimos a la que se lió, o más bien lió ella solita, en su viaje a Kenia. Viaje patrocinado que, spoiler, acababa malamente (tra,trá). Debe de ser que lo mejor que puedes hacer en Kenia es regalar gafas (de tu marca) y sacar unas fotitos para el Instagram, que el contenido no se crea solo. Luego está lo de llenar una bañera de agua para darte un baño molongui en un país en el que el agua escasea. Pero es que la fotito quedaba tan cuqui en el feed… (inserta un facepalm)

Estas acciones donde los influencers bien intentan salvar el mundo con sus bienes materiales (recordemos también la ida de olla de la sobrinísima Anabel en Cuba; otro facepalm) o bien practicar lo que se ha denominado como volunturismo. Irse de viaje a países desfavorecidos para llenar tus redes sociales de fotitos entrañables con los niños del lugar. Es innegable que esta gente vive en un universo paralelo, en una posición de superioridad desde la que no se dan cuenta de que sus acciones, por aquello de ser un personaje público, no pasarán desapercibidas. Porque lo que el influenciarismo te da, el influenciarismo te lo quita. Lo importante es aspirar a ser, pero sin caer en el síndrome Dulceida. Querer ser como ella no es nada malo, el error está en dejarse llevar por cuestiones desacertadas. Pero tampoco vamos a crucificar, que aquí nadie es santo.

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