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Su troll, gracias

La gente es muy de indignarse. Porque sí. Por que es gratis. Pero desde que existen las redes sociales, indignarse por todo es mucho más fácil y al mismo precio. Antes, para montar el pitote (por algo injustificado), tenías que descolgar el teléfono. Y eso cuesta dinero. O mandar una carta. Y los sellos también cuestan. O personarte, que eso cuesta más y da más miedo.

En esos casos, el factor anónimo no existía. Y este es una de las principales razones que motivan a la gente a hacerse troll. Dí lo que quieras, total, nadie va a saber quién eres. Nadie va a ser capaz de reconocerte y tú te sientes el rey del mambo, soltando lo que pasa por ese cerebro sin necesidad de ningún filtro.

Te abres un perfil en Twitter, en Instagram, en Facebook... en Google+ si quieres. Y sigues a gente que sabes que no te aporta nada pero que es un blanco fácil para desatar tu ira. No sé, yo si tuviera tanto tiempo libre, lo emplearía en cosas más productivas. A no ser que me pagaran por ello, que en ese caso igual hasta me pensaba lo de ser un troll a tiempo completo.

Las redes sociales nos han dado mucho. Y nosotros les hemos cogido el brazo. Y un poco más. Usamos nuestros perfiles sociales para dar opiniones, cosa que está bien; para rebatir cosas, cosa que también está bien; para atacar, cosa que no está bien; e incluso para humillar, cosa que está fatal.

A la gente le encanta quejarse y, si no hay motivo, tiramos de sensibilidades. Qué desconsiderados algunos que en su mensaje no incluyen a X colectivo. Y, claro, no mencionarlo en 140 caracteres significa odiar y atacar. Eso lo sabemos todos.

Los señores y señoras que desarrollan aplicaciones que sirven para comunicarse aka redes sociales, quizá deberían plantearse obligar a superar un cursillo antes de poder abrirse un perfil. Un curso en el que se enseñe al buen uso de la plataforma, a establecer líneas entre lo que está bien y lo que no y a enseñar que ser troll puede ser un poco gracioso, pero que hay que saber cuándo parar.

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