Polígono del marketing

Tienes una emoción ahí

Hace unos días invadió los informativos, las redes sociales y todo lo demás uno de esos vídeos en los que tienen como protagonista a alguien que necesitaba una donación de órganos y a un familiar del donante. Como es de suponer, los hechos no ocurrieron en España, donde la posibilidad de que familiares de donante y persona que recibe el órgano está totalmente prohibido. La escena se desarrollaba en Estados Unidos.

Sin entrar en opiniones acerca de si las dos partes debieran de conocerse y si eso a la larga sería más malo que bueno, o viceversa, es asombroso el poder de viralización que tiene cualquier vídeo que apele a las emociones. Y esto, que es completamente normal en la vida cotidiana, es también el eje principal de muchas campañas de marketing.

Quizá debamos recurrir a nuestra querida pirámide de Maslow para explicarlo, pero sin tener que ir hasta el poliedro regular más simple, podemos asociar este tipo de estrategias con el hecho de hacer que tus usuarios acaben siendo tus fanes y, con el tiempo, tus embajadores no remunerados.

En plena era de influencers, donde muchas veces (probablemente más de que conscientemente pensamos) acabamos adquiriendo diversos productos (que casi nunca necesitamos) sólo por la simpatía que nos produce la persona que nos lo muestra, ¿puede haber un mejor embajador que alguien que, además de no recibir incentivo económico alguno por promocionarlo, recomiende su consumo a todo el que pille porque de verdad le gusta dicho producto? N-O. 

Esto es lo ideal, pero también lo más difícil. Por eso, es muy probable que para propiciar el primer encuentro muchas empresas, además de elegir influencers, decidan tirar por tocar los corazoncitos de su público potencial. Si el algodón nunca engaña, el corazón normalmente tampoco. Al menos en lo que a estrategias de marketing se refiere.


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